Un día aciago. Cuando todos los dioses están de malas

Publicado por Vorágine en

Era el día veintiuno de febrero, mi vigésimo quinto cumpleaños, por cierto. Ese día teníamos un curso de actualización sobre las nuevas unidades que había adquirido la empresa en la que trabajo, conocida como Estrella Roja de Puebla. Dieciocho compañeros, más un instructor, salimos en un nuevo autobús marca Irizar y empezamos un recorrido por la autopista México-Puebla, para que cada uno de nosotros pudiera manejar la nueva unidad. El primer compañero en manejar fue Alberto Arana y así sucesivamente nos iba a tocar a todos manejar durante un buen tramo de la autopista.

¿¡A qué hora es mi turno!?

Como a las dos horas de recorrido estábamos pasando por un poblado llamado Apapaxco y en el lado contrario de la autopista nos percatamos de que el tráfico estaba detenido, ya que había un puente peatonal que cruzaba la autopista de lado a lado y sobre el puente había unos letreros que el fuerte viento había tirado sobre los carriles; sin embargo, nosotros pasamos de largo sin darle mayor importancia.

“Mire mi presi, aquí es donde se nos olvidó poner los clavos”

Estábamos haciendo circuitos sobre la autopista, llegando hasta el poblado de Rio Frío y de ahí regresando hasta San Martin. Como ya habíamos visto que habría mucho tráfico de regreso, decidimos que la mejor opción sería tomar la  Carretera Federal y así lo hicimos. El viento seguía siendo fuertísimo y apenas habíamos avanzado unos cinco kilómetros cuando cayó un árbol que casi nos aplasta; el compañero que venía manejando apenas tuvo tiempo de frenar, si no, no estaría aquí para contarles esto. Después de ese incidente, estuvimos detenidos como cuarenta minutos, que es el tiempo que nos tardamos en darle la vuelta al autobús para regresa de nuevo a la autopista.

Nuestro pan de cada día

Al retomar rumbo a Puebla, los compañeros comentábamos que el tráfico ya era demasiado. Nos llevó como dos horas llegar nuevamente al lugar en donde los letreros habían caído y entonces nos encontramos con un terrible accidente: Un tráiler que venía bajando a exceso de velocidad ya no pudo frenar y colisionó con un autobús, una camioneta, dos coches particulares y un taxi, el cual fue aplastado por la caja del tráiler, matando a sus cuatro ocupantes. Un suceso sumamente lamentable.

Y tristemente usual en nuestro México

Ya cuando estuvo libre el paso a Puebla, dimos por terminada la práctica y nos dirigimos a los talleres de la empresa. Ahí nos despedimos los compañeros y cada quien se marchó hacía su domicilio. Al principio les conté que Alberto Arana había sido el primero en manejar, pues resulta que el propio Alberto, al dirigirse a su hogar ¡Fue atropellado por una camioneta! Afortunadamente solo sufrió golpes leves. A otro compañero lo asaltaron en un taxi, lastimándole una rodilla con un picahielos, la cual lo dejó incapacitado por varios días. En cuanto a mí, no pasó algo tan dramático, aunque si pude evitar otro suceso funesto. Me dirigí junto con otros compañeros hacia los dormitorios de la empresa y al ir subiendo las escaleras eléctricas de la central CAPU, vimos a una señora que llevaba un niño en brazos, cuando dio un mal paso, que la hizo resbalar y caer, soltando al niño. Afortunadamente yo alcance a agarrar al niño, evitando su caída, mientras que mis otros compañeros ayudaron a levantar a la dama.

¡Trampas mortales!

En fin, no fue el onomástico más feliz, sino un día con muchos sobresaltos, desavenencias y lamentables tragedias.

Un cumpleaños en el que nada salió bien

JALEZA. Recorriendo mi camino. 

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