Mi experiencia como trabajadora de la salud en la lucha contra el covid-19

Publicado por Vorágine en

El covid-19 alteró al mundo entero, evidenciando que aún existen fuerzas que escapan al control de la mano del hombre. Una de las enseñanzas que nos ha dejado la pandemia es darnos cuenta de que todos somos iguales ante la enfermedad, a pesar de que nos empeñamos en tratar de diferenciarnos, ya sea por nacionalidades, religiones, condición económica, color de piel, preferencias sexuales y un montón de etcéteras.

No obstante, también es innegable que muchos nos encontramos en condiciones distintas y hemos tenido que hacer frente a la pandemia desde nuestras propias circunstancias. Mientras que la mayoría de las personas han tenido que enfrentar la contingencia en una situación de pobreza, unos pocos lo han hecho desde la opulencia. También hay quienes por su edad y condición de salud se encuentran en una posición más vulnerable.

Lo cierto es que todos tenemos miedo, pero existe gente mucho más expuesta al peligro, por eso el día de hoy te traemos el testimonio de una mujer que ha luchado directamente desde la trinchera, codo a codo con los auténticos héroes en el frente de batalla.

Esta entrevista tuvo lugar a mediados del mes de noviembre de 2020

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No estábamos preparados

El año pasado, después de graduarme como enfermera por la UNAM y estudiar una maestría en Salud Pública, me incorporé al sistema de salud pública de México y el destino quiso que fuera pocos meses antes de que se desatara la pandemia del coronavirus, y pues no tuvimos de otra más que entrarle a atender al cada vez mayor número de personas infectadas.

 

De entrada puedo decir que el hospital en el que trabajo y probablemente la gran mayoría no estaban bien estructurados para enfrentar el covid-19, ya que no contaban con el equipo, las instalaciones, los protocolos y los medicamentos necesarios para que los trabajadores pudiéramos atender a los enfermos. La verdad es que la mayor parte del equipo que he utilizado lo tuve que comprar yo misma, incluso importado de otros países, pues el poco material que había en el hospital ni siquiera estaba debidamente certificado para protegerme del virus.

 

La vestimenta que tenemos que utilizar para atender a los pacientes infectados es bastante complicada, ya que se trata de un equipo muy incómodo, principalmente por el overol (llamado tyvek) que causa mucho calor y sudoración. No había mucha información para aprender a utilizar este equipo así como el cuidado y la limpieza que se requería, por lo que la mayoría lo aprendí viendo tutoriales en internet y platicando con los propios compañeros. Pero el mayor problema fue la necesidad de aprender todo esto sobre la marcha, porque los jefes (y la misma situación) te exigen que te metas ya.

 

Algo lamentable es ver la gran irresponsabilidad de muchos compañeros que no se tomaban el tiempo para ponerse el equipo adecuadamente y algunos a los que de plano les valía madres. Increíble que muchos aun siendo médicos pensaran de esa forma. Incluso llegué a conflictuarme con algunos por reclamarles su actitud.

 

Todo esto se apilaba sobre una larga jornada de siete o más horas de trabajo en las que no podías quitarte ninguna parte del equipo, aunque tuvieras sed o ganas de ir al baño. Es algo que no puedes hacer hasta que termine tu turno, después del cual terminabas con cansancio, sueño, dolor de cabeza y la piel reseca.

 

Todo esto sumado a la gran cantidad de pacientes que te ves obligado a atender, que llegaba a ser de ocho a diez, cuando el indicador es de máximo cuatro. Y es aún peor en el turno de la noche, porque ni siquiera tienes a nadie que te ayude. Con todo esto, no es sorpresa que estuviéramos sometidos a un gran estrés. Fue algo irreal, como sacado de una película. Incluso llegó la guardia nacional para resguardar las instalaciones ante las penosas exhibiciones de personas que acudían para agredir al personal y causar destrozos en los hospitales. Esos primeros días hasta mi papá pensaba que estaba exagerando, hasta que le enseñe fotografías de la situación.

experiencia covid tyvek

Los estragos de la enfermedad

Pero por encima de todo, por mucho, lo peor es tener que ser testigo de la agonía de las personas enfermas. Muchos llegaban a solicitar atención médica en muy mal estado, pero se negaban a intubarse porque habían escuchado que los que se intubaban fallecían, y aunque era cierto en muchos casos, en realidad era su única esperanza, y cuando finalmente lo pedían porque ya no podían respirar, muchas veces ya no había respiradores disponibles, pues tenían prioridad quienes lo había aceptado primero. Y también es cierto que se empezó a priorizar a quienes eran más jóvenes y sin enfermedades crónicas, porque son quienes tenían mayor probabilidad de salvarse. Es algo muy duro.

 

En una ocasión me encontraba atendiendo a ocho pacientes de manera simultánea y uno de ellos comenzó a tener sangrado del tubo digestivo por lo que fui a atenderlo inmediatamente, pero mientras lo hacia uno de los otros pacientes entró en crisis y falleció de manera repentina. Cuando le avisé al médico encargado del turno, este simplemente se negó a entrar a hacer la valoración correspondiente del fallecido. Me sentí muy mal porque fue una de las primeras situaciones así que viví y aunque quizás era algo inevitable sentí que podía haber hecho más.

 

A todo esto hay que sumar que no había el suministro suficiente de insumos y medicamentos necesarios para atender a tantos pacientes, por lo que muchos de ellos y sus familias tenían que conseguirlos por sí mismos.

 

Y es que no solo se trata  de pacientes, sino de personas como tú y como yo, que se encuentran aisladas y en sufrimiento.  Es algo que te hace ser más humano. Llegue a tener la oportunidad de leer algunas de las cartas que escribían a sus familias, a veces cuando ya había fallecido el paciente. Todos eran padres y madres, hijos, hermanos, esposos, quienes muchas veces pedían perdón y expresaban arrepentimiento por el daño que habían causado. Lamentablemente todas esas palabras se van a la basura. Es una cuestión de protocolo, pero se siente horrible.

 

En otra ocasión le presté mi celular a un enfermo que aprovechó la oportunidad para hablar cerca de una hora con su familia. No preciso decir que fue algo muy dramático. También pude conocer a un señor de aproximadamente cuarenta años de edad quien trabajaba como conductor de transporte público. En los pocos días que los conocí llegué a formar una amistad con él. De un día para otro falleció, y fue algo que me dejó muy triste, porque además no se veía que estuviera en un estado grave. Es gente que piensa que pronto ira a casa y hasta te cuentan lo que harán cuando vean a su familia. Esta enfermedad te quita todo y te hace tener mucho miedo.

FILE - In this April 28, 2020, file photo, nurse practitioner talks to a patient and holds her hand while a doctor administers an IV at Roseland Community Hospital in Chicago. Many African Americans watching protests calling for easing restrictions meant to slow the spread of the new coronavirus see them as one more example of how their health and their rights just don’t seem to matter. (Ashlee Rezin Garcia/Chicago Sun-Times via AP, File)

Miedo y aislamiento

La primera vez que me tocó atender a un familiar de un compañero, su madre, fue algo que me hizo sentir un enorme temor por mi propia familia. Tienes miedo de contagiar a tus seres queridos o incluso de ser acusada de contagiar a alguien. Aun cuando yo era posiblemente la más cuidadosa de todos mis compañeros y había gastado dinero de mi bolsa para tener el mejor equipo de protección posible, había momentos en los que el equipo fallaba.

 

Eso me hizo aislarme por meses de mi familia y amigos. Por mucho tiempo no pude ver a mi hermano, lo cual fue muy feo porque siempre hemos sido extremadamente cercanos. Tampoco pude ver a mi mejor amiga, que también es enfermera. Todo esto me hizo sentir muy sola, ya que no tenía a nadie con quien hablar y desahogarme por todo el estrés que estaba acumulando.

 

experiencia covid aislamiento

La discriminación

Por si todo esto fuera poco, los trabajadores de la salud también hemos tenido que lidiar con la discriminación, el rencor y el odio. Todos vimos en las noticias la vergonzosa y alarmante cantidad de agresiones que sufrieron muchos en las calles por trabajar atendiendo pacientes covid o simplemente en un hospital. Yo tenía que ocultarme y salir a la calle lo menos posible para que no me tocara.

 

Pero lamentablemente, esto no solo pasaba en las calles, sino también entre nosotros mismos. La tensión y el estrés eran enormes en el hospital, y entre compañeros no nos apoyábamos. Yo siempre he tratado de ayudar a mis compañeros en todo lo que me sea posible, y aunque muchos en mi área también lo hacían porque eran mis amigos, no era lo mismo con todos. Hay compañeros que por egoísmos y envidia, o por no querer arriesgarse al contagio no tienen ningún compañerismo.

 

Como se imaginarán, la principal discriminación que existía era por parte de quienes no estaban en área de covid. Me llegó a suceder una situación de acoso en la que los mismos compañeros de otras áreas me doblaron el locker con unas pinzas para que no pudiera sacar mis cosas y obviamente no pudiera entrar a bañarme después de terminar mi turno. Esa era su manera de decirnos que no nos querían en “su vestidor” porque al ser de área covid los íbamos a contagiar

 

De manera comprensible, muchos de los trabajadores del sistema de salud no querían entrar a realizar su labor en las áreas de atención a pacientes covid-19, como trabajo social, nutrición, etc. Ni siquiera los de intendencia querían entrar, lo cual es algo totalmente necesario. En un principio solo los médicos y enfermeras entramos al quite, pero después prácticamente tuvieron que obligar a todos.

 

Al principio yo tenía una compañera que sí me ayudaba y nos apoyábamos mutuamente. Hubo una ocasión a ella se le bajó la careta de manera accidental, así que la ayudé quitando yo sola el tubo de una persona que había fallecido, lo que provocó que mi careta se llenara de secreciones. Ese día tuve muchísimo miedo. Lamentablemente cuando murió uno de los primeros pacientes de mi compañera ella ya no pudo aguantar más la presión y solicitó que la enviaran a un área con menos pacientes, lo cual me dejó aún más sola de lo que ya estaba.

 

Inevitablemente, como en todo el país y como en todo el mundo, pronto comenzó a haber contagio entre el personal hospitalario, algunos internamente pero muchos más que se contagiaban afuera y tenían que irse de incapacidad. Fue algo terrible empezar a ver a tus propios compañeros y jefes hospitalizados. Lo anterior, sumado con la cantidad de trabajadores que decidieron renunciar, generó que pronto empezara a haber escases de personal.

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Resistencia y una lucha que no termina

A pesar de todo esto, solo podíamos hacer una cosa. Resistir. Lidiábamos con la situación como podíamos. En algunas ocasiones nos juntábamos algunos compañeros y eran una especie de reuniones entre amigos que llegabas a desear porque se convertían en el único momento en el que podías relajarte un poco y olvidarte de todo.

 

Yo no soy particularmente creyente, pero hubo una ocasión en la que hicimos una oración todos juntos, y la verdad es que fue algo muy emocional y no pude evitar llorar con mis compañeros. Recordamos cosas y platicamos de la gente que atendimos; fue algo muy catártico. Incluso una compañera, que en realidad era medio mala onda, ese día me abrazó y me agradeció haberla apoyado en muchas ocasiones.

 

Mi hermana mayor también trabaja en el servicio médico y cuando empezó la crisis de la pandemia me dijo que iba a ser como una guerra y que íbamos a terminar con estrés postraumático. Y es verdad. Terminas teniendo pesadillas en las que sueñas con ventiladores, maquinas, sensaciones opresivas y muerte. Algunos amigos han tenido una fuerte reacción a la situación y les he recomendado acudir con un psicólogo. Yo también estoy pensando hacerlo.

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Aprendizajes de la pandemia

Una de las primeras cosas que aprendí fue apreciar algo aparentemente tan simple como poder respirar, por como ves a la gente enferma y por el propio equipo de seguridad que utilizamos. También he aprendido a cuidarme mucho más que antes, cuando todos teníamos malos hábitos, no había protocolos estandarizados y los pocos que había nadie te los exigía. Muchas cosas me hicieron sentir triste y frustrada, pero algo que me molestaba mucho era saber que muchos de mis pacientes fueron contagiaron por actos irresponsables de sus familiares y amigos.

 

Actualmente ya no estoy en área covid, pero ahora estamos en un nuevo rebrote y tengo miedo de que me vuelvan a mandar. Pero ya estoy mentalizada, ya se hacerlo y tengo mi equipo. Siento que seremos historia y nosotros podremos enseñar nuestra experiencia a nuevas generaciones.

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Nota adicional. Finales del mes de diciembre de 2020

Ahora que inicio diciembre pensé que sería un mes de paz y tranquilidad. Desde agosto había dejado de estar en área covid, después de haberla pasado muy mal por varios meses. Pero ahora me informó mi jefe que se iba a abrir otro piso de covid y que tenía que dejar el área de hemodiálisis para regresar, pues ahora la única prioridad es el covid (las sesiones de hemodiálisis de fines de semana se suspendieron para que fuera un gasto menos...). Y así, nos sacaron a diferentes compañeros para aperturar el nuevo piso. No hay abasto pero por la presión de los altos mandos nos toca de nuevo enfrentar una realidad con poco personal y sin equipo de protección suficiente. No hay buena organización, pero a algún lado se tenían que ir los pacientes…

 

En diciembre todo ha sido de nuevo una película de terror donde te das cuenta que de nuevo todo va mal, que lo poco que habías avanzado parece no tener fin nunca. La mayoría de los pacientes acepta y asume que se contagió por salir y en ocasiones tienes dilemas éticos con tanta gente que es imprudente, pero al final te das cuenta de que no importa lo que hagan las personas, lo importante es atender y cuidar al enfermo.

 

Miles de historias vienen de nuevo, solo que el sistema es ahora más injusto. Los pacientes que necesitan ventiladores se quedan en urgencias y ya no suben a piso ¿Cuál es la razón? No exponernos más al contagio, por lo que para evitar esa situación se quedan en el área de urgencias. Otra situación es que los pacientes llegan más graves y siguen sin querer depender de un ventilador porque entre ellos saben y se dicen que si te dejas que te intuben te vas a morir. Entonces es más el aumento de muertes, agonía y dolor.

 

Tenemos alguna esperanza con la vacuna, pero sabemos que no será un milagro. Y también es un dilema porque hasta el día de hoy a ningún compañero de mi área se la han puesto. Solo sabemos que nuestros amados jefes ya la tienen. En fin, nos tocará cuando tenga que ser...

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Todo nuestro reconocimiento y agradecimiento al personal médico que lucha día a día contra la pandemia, en especial a quien amablemente nos concede esta entrevista.

Entrevista realizada por Javier LR. Sígueme en twitter e instagram.

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