La memoria del sonido

Publicado por Vorágine en

Todo comienza con la voz mecánica, y quizá por ello más graciosa, del dispositivo que permite la entrada al estacionamiento del centro comercial, que siempre nos recibe con un: por favor tome su ticket. Bienvenido (con un chistoso acento español).

Dejo de percibir la vibración del motor y al mismo tiempo se apaga la grave voz de Vladislav que hasta hace unos instantes cantaba Empty bed.

-¿Te vas a ir con los ojos cerrados?- pregunta mi hermano con tono burlón.

-No, no quiero que me pase lo que a Karina cuando se le ocurrió experimentar la invidencia y terminó estrellándose en un poste y con el caramelo de la paleta sabor cereza encajado en la garganta.- le respondo. Las risas son inevitables.

Sé exactamente dónde me sentaré, así que nos dirigimos a paso seguro hacia el enorme carrusel al que todos los padres temen, pues parece lanzar algún hechizo sobre los niños que, invariablemente, después del breve giro del maligno aparato, lloran, gritan y patalean mientras se aferran al sonriente animal que los sostiene, y entonces, los progenitores comienzan a vaciar carteras y bolsillos en repetidas ocasiones.

¡No me quiero bajar nunca!

Las puertas automáticas se deslizan para permitirnos el paso y el sonido tintineante del carrusel aprovecha para escapar por el aire hasta quién sabe qué distancia. Adentro se siente un poco menos de frío, pero aún así cala, maldito clima toluqueño, territorio del eterno invierno y capital de los feminicidios.

Nos sentamos en la metálica banca y los sonidos inconexos se transforman en imágenes sin mucho sentido: primero percibo la música de los altavoces, no conozco la canción pero el ritmo es algo parecido al punchis punchis. Enseguida escucho los pasos de las posibles víctimas del carrusel que gira y gira entre breves descansos.

Una colisión de carritos de supermercado tiene lugar de mi lado izquierdo y las rueditas que los dirigen chirrían como si se tratase de una parvada. Se oyen voces sin palabras y el festivo toqueteo de los cubiertos sobre los alimentos. Aparece también el llanto agudo y al mismo tiempo meloso de uno de los niños que, me imagino, no desea bajar del carrusel. Pisadas que se acercan y se alejan; veloces, saltarinas o acompasadas. Risas femeninas; gritos de júbilo y de berrinches; el campaneo de alguna máquina registradora y la fricción del plástico de las bolsas que acompañan a los consumidores.

Poco a poco todos estos sonidos se fusionan en mi mente y adquieren una especie de ritmo en el que la improvisación dirige esta sinfonía.

-¡Agg!, ya pasaron 30 minutos- interrumpe mi hermano con voz apremiante.

Es hora de abrir los ojos e ir por un frappé que combine con el ambiente.

Por Patricia Munguía Correa, ¡síguela en twitter!

¡Y recuerda seguir a VORÁGINE en FacebookTwitter e Instagram, para que no te pierdas ninguna de nuestras publicaciones!


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *