El amor Godínez y otros demonios

Publicado por Vorágine en

Patinaje para un corazón roto o cuatro

Para las roller girls, con cariño

Son muchas las emociones que acompañan el patinaje sobre ruedas pero para mí las más constantes son el éxtasis y el miedo. Temor a caer y sentir un dolor inmenso o morir arrollada por un automóvil porque no sabes frenar, y la audacia y habilidades de la infancia se han difuminado al llegar a los treinta. Éxtasis porque el deslizamiento suave pero veloz de tus piernas te produce la sensación de volar y la neblina de la mente se desvanece con cada zancada.

Sin importar qué tan veloz corras el dolor se disuelve lentamente

Cuando mi persona favorita me dijo que se había enamorado de su secretaria y decidió formalizar su amorío con ella y terminar nuestra relación de 12 años, un dolor inmenso se instauró en mí y en todo lo que hacía, me partió el alma. Pensé que era demasiado injusto pero al fin y al cabo el amor Godínez existe y es tan profundo como cualquier otro y ni mi tristeza ni mi amargura podían impedirlo. Entonces otro corazón maltrecho me contó lo maravilloso que era el patinaje y así comenzó esta aventura en movimiento.

Tiempo, necesitarás mucho tiempo y paciencia

En mi travesía hacia el patinaje conocí a una mujer hermosa cuya historia era similar a la mía y coincidimos en la alegría de ir y venir sobre ruedas. Después, una pequeña a quien quiero mucho atravesó el infierno de la ruptura amorosa y le compartí mi experiencia con el deporte al que se unió gozosa, y como toda una profesional nos demostró que la alegría de vivir nuevas experiencias depende de la actitud y no tanto de la destreza requerida.

Y sanarás, aunque no completamente

Avanzamos hacia lo desconocido pero también hacia lo anhelado y abandonado años atrás. Las memorias infantiles confortan mis temores y la dicha de las risas de los rostros luminosos que patinan a mi lado me devuelven la felicidad de a poco. En fin, patinar me ha aliviado un poco del delirio del desamor y de las obsesiones que cohabitan en ese desierto.

Por Ella Rucinter,  lectora empedernida y viajera fantástica en permanente crisis existencial

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